Somos como las semillas

2014-01-08 12.03.36

¿Qué es un niño? ¿Qué es un adulto?

¿Cómo nos desarrollamos? ¿Cómo crecemos?

¿Qué capacidad tenemos de crearnos a nosotras mismas?

Para mí hay un símil muy ilustrador que contestaría a todas estas preguntas:

Las personas somos como las semillas.

Una semilla guarda en su interior todo el potencial que tiene a desarrollar. Si es una semilla de lechuga en su interior está todo lo que necesita para, si el ambiente lo permite, convertirse en una hermosa lechuga a la que si se deja espigar dará sus propias semillas. Si esa semilla es una bellota, dentro de ella estará el potencial para convertirse en una preciosa encina que sabrá crear su tronco, sus ramas, sus hojas y también sabrá dar sus propios frutos.

Y así somos las personas. Cuando somos concebidas se crea dentro de nosotras nuestro potencial, es decir, todo lo que hemos venido a desarrollar. Así, esa primera célula, ya tiene la información para hacerse a ella misma y desarrollarse según su potencial interno. Por eso empieza a multiplicarse, y, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer empieza a activar su programa de migración de células que va a permitirle crear su propio cuerpo entero, enterito, con manos, pies, cerebro, ojos y todo lo demás. Más adelante su potencial interno se va a activar para ir creciendo y madurando hasta el día del nacimiento en el que sabrá perfectamente qué debe hacer para salir del cuerpo de su mamá y sobrevivir en el nuevo ambiente.

Hasta ahí estamos todas más o menos de acuerdo, sobretodo las personas que nos gusta estar cerca de las mujeres en sus embarazos, partos y crianzas. Tenemos claro la importancia del respeto de los procesos, acompañando, sin forzar, dejar hacer al cuerpo, no intervenir, tener confianza, conocer las necesidades y respetarlas, el cuerpo sabe, nosotras sabemos, el bebé sabe,…

Pero va el bebé y nace y ¿entonces qué?

Empezamos a buscar libros sobre estimulación precoz, a buscar guarderías que enseñen inglés, alemán o chino, pero que enseñen. Vamos diseñando los horarios para las clases de tenis, patinaje, música o flamenco y nos vamos olvidando poco a poco, o rápidamente, de aquello de respetar procesos, acompañando, creando ambientes adecuados, teniendo confianza, conociendo las necesidades y respetándolas,… ese bebé sabe…

Y así empezamos a creer que debemos ir enseñando a esa semilla ya brotada lo que le conviene, lo que necesita, hacia donde debe extender sus ramas y que día de primavera debe hacer brotar sus hojas.

Pensamos que necesitan que les enseñemos a andar, que les enseñemos los colores, los sonidos que hace cada animal, y un sinfín de cosas que se nos ocurren que debemos meter dentro de los más pequeños porque si no, no las van a tener.

¿Y dónde quedó el respeto por los procesos?, ¿no nos parece suficiente prueba que alguien pueda hacerse a sí mismo empezando por ser una celulita y llegar a ser una persona entera?, ¿porqué perdemos la confianza en que esa persona podrá seguir haciéndose a sí misma?.

Para mí es todo una cuestión de poder organizado. Si las personas se hacen a ellas mismas, se hacen en libertad y puede salir cualquier cosa que al poder, al capitalismo y al sistema productivo, en definitiva al patriarcado, no le convenga. Por eso, en cuanto se pueda, hay que controlar de muy cerca qué desarrolla y qué no desarrolla una persona.

Y el sistema tiene sus herramientas para lograrlo. Tiene a algun@s pediatras que, a veces, dicen cosas como: “¿este niño va a tomar teta hasta la mili? Ya tiene que empezar a comer fruta (o lo que le parezca al médico en cuestión)”.  Y las madres bajo el poder del médico, desoimos las necesidades de nuestro bebé y las nuestras propias y empezamos a darle “sólidos” a nuestro bebé aunque en el fondo de nuestro útero, nuestro corazón y nuestro sentido común algo nos esté rechinando fuertemente.

Ah, y el sistema tiene más herramientas. Algun@s profesor@s, pedagog@s, psicólog@s, psiquiatras, educador@s, todos bien titulados y todos bien convencidos de lo que nos conviene a nosotras y a nuestr@s hij@s.

Pero algún experto nos pregunta alguna vez: ¿Qué necesitas tú? o ¿Qué necesita tu bebe? o ¿Qué necesita genuinamente esa niña de siete años?

Aunque, si nosotras nos preguntamos profundamente que necesitan nuestros bebés, lo sabemos con claridad y quizá se lo podamos dar o quizá no, y al mismo tiempo, la toma de conciencia de las genuinas necesidades, el reconocimiento y nombrarlas aportará luz y amor en nuestro camino de acompañar procesos de vida.

Podemos hacer muchas cosas, sin dirigir, ni decir lo que “hay que hacer”, sin motivar. Igual que cuando cuidamos de una semilla que brota y esta creciendo y la protejemos de las heladas o de demasiado sol, de que siempre tenga agua y nunca demasiada, de que no venga algun bicho y se la coma. Igual podemos hacer con las  personas, acompañando y creando el mejor de los ambientes en su entorno, estando ahí para lo que necesite, dando amor (que és el mayor de los alimentos).

Nuestr@s hij@s se merecen esa escucha, ese acompañamiento, desde el útero, desde la piel, desde el corazón. Las modas pedagógicas, psicológicas y psiquiátricas van cambiando, pero el amor que nosotras somos capaces de dar a nuestr@s hij@s permanecen por encima de todo ello. Escuchémonos a nosotras mismas, nuestr@s hij@s recibirán el mejor de los regalos.